viernes, 5 de diciembre de 2014

"Fosa" por Kurt Hackbarth


Fosa


Kurt Hackbarth
© 2014 Todos los derechos reservados




              Germán me llama después de que la primera de las palas toca hueso. No contesto, pero me marca otra vez. Y otra y otra hasta ganar por desgaste. Levantando el celular a mi oreja enrojecida, mascullo:
            —Germano, estamos en un momento delicado aquí.
            —Delicado aquí también, carnal.
            —Duelo de delicadeces, entonces.
            —Duelo de duelos. Mira, Álvaro: Gil no se encuentra.
            —Espérame.
            Me está distrayendo alguien más que está hablando por teléfono al otro extremo de la fosa. Me alejo unos cuantos pasos para escuchar mejor.
            —¿Qué dices?
—Que Gil anda desaparecido desde hace un par de días, carnal. Nadie quería molestarte antes de tener certeza de algo, pero ya era hora de que lo supieras.
            El sentido metálico de un pico tocando algo duro me alcanza hasta donde estoy parado.
            —¿Dónde pasó? —pregunto.
            —Andaba por Guerrero; hasta eso sabemos. Pero tú sabes, es muy impredecible. Siempre toma una ruta diferente.
—¿Y nadie ha llamado pidiendo rescate?
—A nosotros, no. ¿A ti?
—No.
—¿Cuándo puedes venir?
            Miro el hueso que va agarrando forma por entre la tierra removida. Un extremo sigue calzado por la suela de un zapato, como si lo hubiéramos pillado regresando de un paseo.
            —Voy a tardar un tiempecito más. Necesito que hagas las diligencias para mí, mientras. ¿Puedes hacerme este favor?
            —Claro, pero… Álvaro, ¡estamos hablando de tu hijo!
—Y yo estoy hablando de mi padre. No me puedo ir de aquí hasta que lo vuelva a sepultar.
            —¿Hasta que vuelvas a…? Ah, ya.
            Me explico. Hace unos tres años, el gobierno español publicó, con un ligero retraso de dos generaciones, un mapa de las 2,246 fosas inventariadas que contienen restos de las víctimas de la Guerra Civil. Tan picado era el mapa de sitios que parecía que el país entero sufría de un brote de viruela psicosomática. Gracias al sitio proporcionado por el Ministerio de Justicia, fui capaz, desde mi sala en Cuernavaca, de identificar cuál de las tachuelas apuntaba a mi viejo, también Álvaro, también Acevedo, una clasificación AA que le brindó la distinción de encabezar la lista de su respectiva fosa. Llenar los campos solicitados, escoger de los menús desplegables (“Tipo de intervención: exhumada parcial, exhumada total, no intervenida”) resultó ser un proceso extrañamente disociativo: como si, en lugar de rastrear un cadáver, estuviera seleccionado los atributos del modelo sustituto que prometían enviarme a casa en menos de 72 horas.
Contrario a la imagen popularizada del apuesto partisano corriendo por un campo con su carabina a ristre, Álvaro Primero fue un pedagogo calvo, achaparrado y terco cuyo pecado consistió en fundar una escuela laica en un pueblo donde el cura era rey. Ahí por la ceja de bosque está el edificio que, según me dicen, albergó durante dos embriagadores años la escuela, donde los niños imprimían sus propios libros de texto con la ayuda de una imprenta donada por Célestin Freinet, con quien mi padre mantenía una cálida relación epistolar hasta el final. El edificio ahora se encuentra habitado por la tienda donde acabo de comprar un café de máquina y un croissant antes de regresar a mi puesto de vigilancia al lado de la fosa. Condenado frío. No ayuda en nada que el poco sol que resplandece esté tapado por la frondosa copa del olivo al pie del cual los cuerpos fueron enterrados. En otras circunstancias diría que el árbol, viejo y eminente y con un tronco rugoso que invita a trepar, es un hermoso representante de una especie casi desconocida en mi país adoptivo debido a su histórica prohibición virreinal. Hoy, nada más quiero que alguien lo tale.

            Conforme van saliendo los huesos a la luz, uno de los técnicos lo inscribe en un registro y le saca la foto mientras que el otro, limpiándolo cuidadosamente con un cepillito, lo deposita en una bolsa de plástico que etiqueta con el mismo número de registro. La ayuda la estamos pagando caro. Por medio de las redes sociales, las familias de esta fosa nos juntamos para contratar un equipo de especialistas que se encargara de las exhumaciones y las pruebas correspondientes de ADN. Por más que nos simpaticemos, por más que nuestras tribulaciones compartidas hayan generado una empatía de acción rápida entre nosotros, cada uno de los centinelas a lo largo de la fosa quiere llevar su propio esqueleto íntegro, nada de irse con la taba de Chana y el rabo de Juana. La ironía, por supuesto, es que si no fuera por los técnicos, nadie tendría manera de saber si una nuca o un nudillo se hubiera intercambiado por error o por la picardía póstuma de los muertos mismos; sin ellos, podríamos incluso darnos al ejercicio, casi juego, de armar nuevos esqueletos a base de las piezas restantes, creando así un compuesto extravagante de antecedentes para enriquecer el historial humano. Como con tantas cosas en esta vida, la presencia de los especialistas ha creado su propia necesidad.
            Gilberto: veterano e intrépido repartidor de los libros de texto de la SEP. Tan intrépido –y tan imbécil–, que conforme la ingobernabilidad ha ido reclamando franjas cada vez más grandes de nuestro México lindo y querido, él se ha convertido en su chico para todo, su Passepartout, acometiendo en donde los ángeles temen pisar con silbido y sonrisa. En su afán de dar continuidad tanto al proyecto de nación vasconceliano como a su invertida manera de entender la iniciativa educativa de su abuelo, Gil sube a su camioneta para entregar libros a los pueblos más problemáticos del país, así como para realizar el monitoreo correspondiente para asegurarse de que sean realmente distribuidos a los estudiantes en lugar de ser acaparados, vendidos, utilizados para encender la hoguera que queme a los mismos estudiantes, lo que sea. Así, se encarga no sólo de viajar a lugares peligrosos sino de ir creando un fondo en constante crecimiento de enemigos entre presidentes municipales y otros intermediarios colmilludos de la dosificada benevolencia del Estado. Al hijo güero de un padre gachupín que sigue ceceando luego de siete décadas, estos viajes le brindan la oportunidad de ofrecer su cuerpo al altar de Coatlicue en una expiación sin fin de pecados por los que nosotros hemos sufrido más que nadie; por ende, ninguna parte de la república le puede ser vedada.
            —¡Estás arriesgando tu vida para repartir mentiras! ¡Cajas de mentiras! —le grito con frustrante regularidad.
            Y él me pone la cara de circunstancias que reserva para los anarquistas anacrónicos como yo.
            —En cuanto a los textos de historia te lo acepto, papá, tienen unas mentiras estrafalarias, pero los demás libros tienen una que otra cosa útil —dice.
            —¿Útil para qué? ¿Para formar un rebaño pasivo y crédulo? ¿Para proporcionar la ilusión de que están recibiendo una educación?
            —Si no fuera por los textos gratuitos, estos chicos podrían vivir una vida entera sin que un libro jamás pasara por sus manos.
            —¡Mejor! ¡Que hagan sus propios libros de texto a base de experiencias propias!
            —¿Y si no escriben?
            —¡Que sus textos sean su entorno, entonces!
            Mi reivindicación de la educación natural nunca deja de provocar un par de ojos en blanco.
            —Que te asignen un guardaespaldas por lo menos, alguien que viaje contigo —prosigo.
            —Tú sabes que no hay dinero para eso, viejo.
            —Hay cuando se trata de tus cuates en los municipios. Hay para coches blindados y guaruras con metralletas y todo lo que tú quieras.
            —Papá, sólo soy un repartidor de libros. —Me coloca una mano en la espalda—. Nadie mata por libros.
            —En este país de mierda, matan por cualquier cosa.
            En ese punto, nuestra conversación decanta siempre en una u otra versión de nuestro dístico favorito:
            —Este país de mierda te aceptó a ti, papá.
            —El país que me aceptó murió con el General Cárdenas, hijo.
            Pero por más que Gil crea que su cargo de libros sin valor (y a la postre, resulta, plagados de errores ortográficos) lo ampare del interés de cualquier malhechor, yo soy más curtido en batallas. Suscitar el disgusto de algún funcionario con ganas de lucrar con su mercancía presupone que llegue a buen puerto. Es, efectivamente, la suerte más optimista de todas. Pero mucho antes de eso, puede haber sido asaltado en la carretera o atracado en un retén a manos de delincuentes vestidos de policías o policías delinquiendo por cuenta propia. Por negarse a pagar la módica suma indicada –porque así es él–, su camioneta sería requisada y los libros de texto serían destruidos nada más porque sí, esparcidas las cenizas a los cuatro vientos. O peor aún, mi ingenuo hijo habría terminado siendo víctima de toda una serie de posibles montajes: el de la droga sembrada, por ejemplo, o el del vehículo que no paró en el retén, dejando a las fuerzas del orden sin otra opción más que abrir fuego. Así las cosas, con mi mente corriendo febrilmente mientras van sacando huesos y cráneos y la otra suela de zapato de la caja sorpresa que borbotea frente a nosotros en el suelo, es imposible no llegar a la conclusión de que hay tantas más cosas que pueden ir mal en el mundo que cosas que pueden ir bien.
            No se puede saber cuánto tiempo hemos permanecido frente al hoyo; los minutos y las horas se desdibujan, nuestra propia inutilidad ante los expertos nos convierte en cáscaras. El frío entorpece los sentidos. Alguien saca un celular para hacer una llamada. Lo miro. Es el mismo hombre que me distraía antes con su parloteo. Pero no es uno de los nuestros ni uno de los técnicos. Se ve raro, fuera de contexto, como si acabara de llegar directo del campo en un día de verano. ¿Quién será, un policía vestido de civil, un mirón cualquiera, hijo clandestino del cura que acusó a mi padre? Todo es posible. Deberíamos haber acordonado el lugar.  
            Una llamada a mi propio celular interrumpe mis cavilaciones; me vuelvo a alejar para contestar.
            —¿Qué noticias, Germano?
            —Encontraron una fosa, Álvaro.
            —¿Una qué?
            —Están apenas excavando, no hay nada definitivo todavía, nada identificado. No hay que sacar conclusiones precipitadas, digo yo.
            —¿Pero dónde la encontraron? ¿Cómo?
            —Un campesino topó con el sitio. Vio un árbol extraño, fue a examinarlo y descubrió la fosa debajo de él.
            —¿Un árbol extraño? ¿Qué árbol?
            Hay una pausa mientras Germán hace una pregunta apagada a alguien. Veo de reojo que el tipo del teléfono, con el aparato en la mano, está haciendo una negación con la cabeza.
            —Pues, justamente, no lo saben. No es un árbol oriundo del lugar.
            —¡Que pregunten a alguien que sepa! ¡Tengo que saber qué tipo de árbol es!
            —Álvaro. —El tono es pedante por culpa de la preocupación—. Sé que eso ha de estarte destrozando, pero no te distraigas con detalles irrelevantes. Te estoy diciendo que encontraron una fosa y que es altamente posible que tu hijo se encuentre ahí.
            Entre fosa y fosa, pienso: mi generación no ha sido más que un fulcro entre fosas.
            —¿Álvaro?
            —Es un olivo, ¿verdad? ¡Diles que es un maldito olivo!
            Doy media vuelta para ver con claridad al tipo del teléfono; me está mirando directamente a mí.
—Parece que sí lo es, dicen. ¿Cómo lo sabías?
            Dejo caer el teléfono y tomo unos pasos resueltos hacia el desconocido. Divisándome, se pone a correr en dirección al bosque. Lo persigo. Es una competencia desigual: soy un viejo con las articulaciones casi inmovilizadas por el clima; él, además de ser más joven, tiene la ventaja adicional de conocer un terreno que yo hace una vida dejé de dominar. O acaso no lo conoce: al adentrarse en la floresta, toma la vereda que desemboca en la ciénaga y, cuando intenta desandar sus pasos, lo derribo con una fuerza que, sin lugar a dudas, me duele más a mí que a él.  
            —¡Es la misma! ¡Es la misma puta fosa, ¿verdad?! —le grito, sujetándolo al suelo—. ¡Las traslapaste!
            El hombre, aterrorizado, aúlla sin palabras hasta que los demás llegan corriendo para arrancarme de él. Y ahora estoy aquí, en este hospital anónimo, sedado por medio de una línea intravenosa pero esforzándome de todos modos en redactar este informe para que quede una constancia que respalde mis acciones esta tarde. Todos están atribuyendo mi arranque a las circunstancias atenuantes. Yo tengo más juicio.
            La enfermera me informa que tengo un visitante. Le digo que pase y entra en mi habitación el hombre que derribé, el desconocido del teléfono. Camina de manera rígida; o le hice daño al derribarlo (lo dudo) o así es su manera típica de andar. Es como si estuviera cumpliendo con un ritual arcaico que internalizó a través de la imitación externa. Acerca la única silla que hay a la cama y se sienta en ella.
            —No las traslapé —dice conciso—. Son dos fosas distintas.
            —Nada más para que sepas —le digo—, que estoy transcribiendo todo lo que dices. Quedas sobre aviso.
            El hombre arrastra la silla aún más cerca a la cama y me mira fijamente.
—Pero, ¿cómo me cree capaz de hacer una cosa así? Hablo de la física, hombre, la pura física.
—No lo sé. No lo sé. —Escrupulosamente, anoto mi ‘No lo sé’ dos veces en el papel.
—Entiendo que en un cierto sentido toda muerte es igual, pero…
—No intentes zafarte por medio de una universalización simplista—lo reprendo—. Estas cosas no funcionan conmigo.
El hombre parece derrotado. Se alza de la silla y, sin colocarla de regreso en su lugar, se dirige hacia la puerta.
—Aunque no lo crea —dice con la mano en la manilla de la puerta—, lamento mucho su pérdida. Sus pérdidas.
Muy a mi pesar, rompo en llanto. Los nuevos movimientos del hombre carecen de rigidez: regresa hacia mí y, colocándose con delicadez al borde de la cama, me sostiene hasta que la agudeza de mis plañidos alcance las fosas descubiertas y por descubrir.  






Kurt Hackbarth

Narrador, dramaturgo y traductor, Kurt Hackbarth nació en Connecticut, EUA, en 1974 y, desde 2007, está naturalizado mexicano. En 1996 se tituló summa cum laude en política, filosofía y economía en la Universidad Fairfield. Reside en la ciudad de Oaxaca en donde imparte talleres de literatura y monta obras de teatro. Interrumpimos este programa (Ficticia, 2012) es el título de su primer libro en español.

El Ministerio de Justicia cuelga en Internet el mapa de las fosas de la Guerra Civil


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