jueves, 22 de enero de 2009

57 hombres y una mujer


Eusebio Ruvalcaba


Dos amigos entrañables, editores ambos, me han obsequiado plumas fuente Mont Blanc: Jaime Aljure, una estilográfica de la serie Agatha Christie, y, Valentín Almaraz, una perteneciente a la Johann Sebastian Bach. Son regalos que no se le deben hacer a un escritor, porque escribe. Y mal. Con la Agatha Christie pergeñé una novela cuyo título me sugirió el propio Jaime: Lo que tú necesitas es tener una bicicleta; no tengo más esa pluma: me la robaron en un asalto que casi me cuesta la vida. Con la Johann Sebastian Bach esbocé los siguientes sonetos —blancos, colmados de licencias poéticas; la experiencia me ha enseñado que el tratamiento que se le debe dar a un soneto es el mismo que a una mujer: permitirle concesiones para que no nos abandone. “Escribe sonetos”, me ordenó Valentín Almaraz cuando puso la pluma en mis manos. Y lo intenté. Son sonetos producto de la amistad, unidos, en su mayoría, por la noche y la celebración. Por la fiesta que significa beber entre amigos, disfrutar cada día como si fuera el último, con esa intensidad gozar de la literatura y de la música. Hay atrás de cada uno de estos poemas —si es que pueden aspirar a tan apabullante título— el gesto de dos hombres dándose la mano, algo tan antiguo como el mundo mismo.
Mi pluma Johann Sebastian Bach, por cierto, jamás la saco a la calle.



ER
Tlalpan, 2008








Arnulfo Domínguez Cordero


La vida insiste en darle tarascadas,
pero él se empeña en sacarle el mejor
jugo. Casi al momento de escribir
estas líneas, su madre falleció.

Esta noche estaremos con él. Varios
de nosotros. Quizás llevemos vodka
para hacerle menos pesado el trance.
Aunque no existe paliativo alguno.

De niño, Arnulfo iba con su señor
padre al estadio. Trepado en la bici
paterna. Cuando lo cuenta, sus ojos

hacen agua. Como dos pobres charcos.
Arnulfo Domínguez es tan buen padre
como buen hijo. De esos raros hombres.








Valentín Almaraz



Lo animan dos pasiones: las mujeres
y los libros. En la Universidad
fraguó sus sueños de editor puntual.
Cuando se acerca a la mesa, una dulce

sonrisa rubrica su rostro. Entonces
lo miramos, nos ponemos de pie
y de uno en uno todos lo abrazamos.
Incluso antes de beber, Valentín

Almaraz disfruta de esos momentos.
A veces llega en compañía de una
mujer, un ángel con quien compartir

el ron. Valentín es ser generoso.
Tiende la mano, si de eso se trata.
El corazón lo manda por delante.









Jorge Alberto Montes



De pronto hay quien lo confunde con Orson
Welles. En su barba sobresalen pelos
rojizos, que hablan de sus ascendientes
vikingos. Siempre nos sorprende. Sabe

de cine, de jazz, de blues, de jerarcas
en el ámbito de la banca; pero
también de puros y de plumas Mont
Blanc. Su estatura y complexión imponen.

Cuando arriba a la mesa lo miramos
agradecidos. A su lado nada
puede pasarnos. Nos hace sentir

bien. Las mujeres se le quedan viendo
pero él prefiere nuestra charla. Tierno,
despliega su cariño entre nosotros.












Paco Valencia



Lector ávido, siempre lo acompaña
un libro. Sociólogo de carrera
no deja una cantina sin un vaso
desechable en la mano. Fuma puro,

cocina bien y halaga a las mujeres.
Su padre manejaba un taxi, y Paco
comía con él todos los domingos.
En Santa María Aztahuacán, donde

un día asesinaron a su hermano.
En su casona de Villa Quietud
preparaba banquetes decembrinos.

Ahora vive solo, sin su mujer,
sin su hijo. Con sus autores amados.
Le falta un dedo de la mano izquierda.











Rolando Rosas Galicia



Solemos sentarnos a beber vodka,
mezcal o vino tinto. Con amigos
o solos, en Texcoco o en el centro
de la ciudad de México. Rolando

Rosas Galicia es poeta verdadero,
quiero decir que la poesía lo hace
suyo como el oficio que persigue
el jardinero, que incansable busca

la belleza, la armonía. Rolando
nació en Xochimilco, tiene mujeres
e hijos en varias ciudades. Padece

diabetes, pero en su corazón privan
el amor y el deseo, la fiel ternura
que se desparrama por donde pasa.

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