miércoles, 26 de enero de 2011

Palabrería: Diálogos con Garfio


Palabrería


Diálogos con Garfio

Jesús Rito García

Platicando con Garfio, el perro que tengo por compañero, le comentaba que eso de dedicarse a la literatura es cosa seria. Él asienta con la cabeza y me escucha atentamente. Es necesario leer suficiente y siempre estar en el límite de la realidad y la ficción. Por ejemplo, que yo platique con él y le ponga palabras en su boca, es algo ficcional. Eso parece que no lo entiende y ladra. Le intento explicar nuevamente y ladra aún más fuerte para que me calle. Has visto, le digo. Con tus ladridos dices que a ti no te interesa la literatura ni nada. Y la neta me parece una buena respuesta.

Entonces, sólo me quedo en silencio y lo veo jugar con los zanates que bajan por las tardes al patio e intentan comerse las migajas que va a dejando el buen Garfio. Nunca ha podido atrapar ninguna Creo que ese es el papel que le toca interpretar. Ellas hacen como que se dejan atrapar; él, como que las atrapa. En fin.

Después que se fastidia, viene a recostarse a mi lado; y ahora sí platicamos seriamente: Mira, me dice, te complicas mucho la existencia tratando de inventar historias. Yo he visto las cosas más maravillosas que ni te imaginas en estos tres metros de patio en los que vivo. En cambio tú, sales, viajas, ves otros mundos. Pero siempre te estás quejando. Que no encuentras el tema para un poema, que no sabes cómo iniciar un cuento y que nunca te atreverías a escribir una novela porque es mucho embrollo. Me río de todo lo que me platicas.

Déjame contarte –continúa. Hace no sé qué tiempo exactamente; porque eso del tiempo son cosas que solamente a ustedes les importa, tuve un grave problema con el líder de las hormigas rojas. Este sí es un hecho digno de contar. Pues ese supuesto líder, un día decidió romper las reglas que tenemos en este patio y las hormigas se expandieron por todas partes. Obviamente el primer objetivo fue mi cazuela de comida. También quisieron subir a las jaulas de los pericos, pero eso ya era demasiado. Entonces decidí dialogar con La Hormiga Roja y exigirle una explicación. Él me escuchó con mucha atención y lo único que me pudo decir es que por mayoría a ellos les tocaba controlar el territorio. Que ellos eran muchos y podían hacer lo que quisieran. Que no les importaba nada.

Grave problema –le respondí. ¿Entonces qué hiciste al respecto?

Dejé que siguieran con su control sobre el territorio, no hice nada. Me escondí en mi casita, tratando que no me terminaran devorando. Pasaron un par de días y de pronto comenzó a llover. Nadie salía. Todo se inundó. Después de la tormenta vino la calma. Para ese entonces, ya no había hormigas por ninguna parte. Se habían esfumado. Al salir de mi guarida, di un paseo y vi que en las orillas del patio había centenares de hormiguitas muertas. De pronto, entre los escombros, perdida y sin rumbo; vi a la Hormiga Roja que gritaba frenéticamente que no abandonaran sus puestos. Que el territorio era suyo por mayoría.

Y ya no te cuento más, porque se me hace tarde para seguir descansando. Además, yo soy el único que está despierto por las noches en esta casa. Después, Garfio se quedó dormido. Y yo, mejor me callo para no molestarlo.

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