martes, 5 de julio de 2011

Palabrería: La mosca en la oreja

Palabrería
La mosca en la oreja
A Eusebio Ruvalcaba
A Claudia Velázquez.
Busco en la música el eterno descanso.
Por eso escucho a Bach en las mañanas
y en su altar coloco algunas naranjas
que le iluminen el rostro.
Yomero

Jesús Rito García

La música es parte de la vida, nada sucede sin ella. La música está en todas partes, es Dios. Me atrevo a decir que hasta una mosca en la oreja produce un delicioso zumbido que puede provocar las más increíbles sensaciones. Todo lo acompañamos con música: las tristezas y las alegrías. Desde amanecer contentos con una rica cumbia que levanta el ánimo, hasta en los momentos más tristes, cuando algún familiar nos abandona; en ese momento, algún viejo bolero puede henchirnos el alma. 
            Cada momento está plagado de música y para todos los gustos hay. No es como en la literatura u otras artes, que tienes que aprender a descifrar los códigos, para encontrar el deleite. No pasaría nada extraordinario si un día nos subimos a un autobús y el chofer escucha devotamente “Estrellita” de Manuel M. Ponce, “Sensemayá” de Silvestre Revueltas o “Chapultepec” de Higinio Ruvalcaba. Nada sucedería. O imaginemos a un viejo director de orquesta escuchando a todo volumen en su coche alguna canción de los tucanes de Tijuana. Todo puede suceder con la música.
            Recuerdo con mucha nostalgia que unos días antes de regresarme a Oaxaca, viviendo aún en la Ciudad de México, un maestro muy querido, me invitó a su casa para realizarme una pequeña despedida.
Sabía muy bien que su casa es el palacio de la música, principalmente de la música de culto, de la que algunos llaman clásica. Lo mejor de lo mejor está en su fonoteca, aunque él lo niegue. Siempre que fui a visitarlo, lo primero que escuchaba era el tono de alguna melodía, a lo que yo, como fiel aprendiz, preguntaba ¿Quién es? El divino, Mozart, respondía él, o la bella Clara Schumann. En fin, siempre había algo que aprender, aunque de música, no llegué a mucho; pero de literatura aprendí un poco más.
Llegué a la despedida que me tenía organizada. Sólo estábamos: el maestro, el amigo Jorge Borja, una botella de merlot y yo. Comimos una deliciosa carne para acompañar el vino y no podía faltar la música. Hasta ese momento, yo pensaba que estaríamos escuchando alguna pieza para cuarteto de cuerdas, o algo similar. Pero no fue así, lo que estuvimos escuchando esa tarde inolvidable fueron “Los caminos de la vida” en repetidas ocasiones y algunas canciones de José José. No más. Terminamos con un par de botellas y me tuve que marchar.
            Recuerdo que acompañé al maestro a algunas presentaciones de sus libros; y en esas salidas siempre aprendía algo. Me hablaba de sus padres que eran músicos y que él escuchó desde pequeño. Si en mi caso, me siento privilegiado porque mi padre fue un melómano regular, imagino que el maestro lo fue aún más. Pero lo bueno es que a todos nos envuelve el deleite de la música. Desde la cuna hasta el funeral.
            Constantemente regreso a casa y me gusta escuchar la música que tenía mi padre. Gracias al cuidado de mi madre, aún permanece la colección de mi padre de discos de acetato. Cada quincena, casi devotamente, mi padre pasaba a la tienda de discos por alguna rareza. El señor de la tienda sabía que él era un buen comprador y le guardaba las reliquias. Aunque no se puede decir que las reliquias fueran tantas, ya que vivíamos en un pueblo, en el que no había más que tres tiendas en la única calle pavimentada. Pero mi padre poco a poco, juntó su fonoteca personal, que iba desde Beethoven y la música más bella del mundo, pasando por los éxitos de Chico–Ché y la crisis, Mike Laure y su querido Roberto Carlos.
            La formación musical que heredé de mi padre es un tesoro que no cambiaría por nada del mundo. Y también la herencia que me van dejando cada uno de mis amigos es fundamental. Lo elemental es tener los oídos bien abiertos ante cualquier manifestación, quizá el zumbido de la mosca en la oreja, sea una manifestación divina a la que debemos estar atentos.
                                                                                                                                 
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