sábado, 13 de diciembre de 2014

"Affair" de Amaury Sánchez

Affair


Tenemos el placer de presentar en esta segunda entrega a un joven escritor de gran talento: Amaury Sánchez. Es narrador y poeta, y nació en Oaxaca en 1994. Autor de diversos relatos cortos y ensayos que publica en el blog www.amaury-sanchez.tumblr.com


Por  Amaury Sánchez

Ningún versículo divino habla del pecado de la estupidez, aunque su penitencia sea la más pesada de las cruces en el monte Calvario. Liliana erigió ante mí un monumento intangible a la displicencia; la cama se mudó al desierto más extenso; las miradas se engulleron un hueco oscuro y sin fondo. Su mentira se vistió de labios extrañamente maquillados, de prendas arrugadas impregnadas con perfumes mal disfrazados; la duda se hizo un revólver criminal que acribillaba el cuerpo de vidrio de mi sensatez. La casa se colmó de fantasmas hasta el sótano y sus risas burlonas explotaban mis tímpanos durante la noche.
Amaury Sánchez
El silencio era asesino y las noches perversas; al cerrar los ojos, en mis párpados enrollados en tinieblas, se alzaba el telón hacia un acto de pesadillas inclementes en donde Liliana devoraba el cuerpo de un amante sin rostro, y este hombre borraba mi nombre de su cuerpo, grabando con el suyo cada esquina.
La mentira me orilló al borde de la mentira, obligándome a transformarme en una sombra entre sombras, en un perro miserable arrastrándose a espaldas de Liliana, olfateando las pisadas de mierda que marcaban sus pasos. Fue así como conocí al hombre que destrozaba la entrepierna de mi mujer cuando yo no bastaba. Los descubrí besándose en su auto. Sentí mi estómago enmarañarse con las entrañas de la traición; sentí la sangre burbujeando en cada centímetro de mis arterias. Pude ver sus lenguas estremeciéndose en la boca de uno y de otro; pude ver la premura en sus manos por arrancarse la ropa. Callé.
El engaño se mantenía intacto entre sonrisas fingidas y amores de patraña. El hombre sin rostro se había hospedado en mi cabeza como un demonio diminuto, su perfume de azufre invadía mi casa, empapaba las almohadas de mi cama y seducía la cabeza y los sueños de Liliana, mientras los míos se abarrotaban de escenas suicidas, de odio. Liliana yacía a mi lado, respirando en mi oreja a una distancia de enanos, anhelando la lengua nerviosa de su amante; yo pensaba en el estúpido amor que le tenía a cada palmo de su piel, a cada momento, a sus ojos delicados. Perdonaría a Liliana sin más; borraría de su corteza las marcas de propiedad de su amante, sin urgencia; olvidaría el crimen de aquel ladrón; me olvidaría de mí mismo.
Como una sanguijuela adherida a la sangre de Liliana, me alimenté del dolor; el frío de las hojas del puñal que atravesaba mi carne me mantenía despierto. Los vi beberse la tarde, morirse de risa y dirigirse a un famoso hotel de la colonia Obrera. Conduje detrás de ellos con los ojos humedecidos y la garganta seca. Observé mi rostro desfigurado a través del espejo retrovisor: unas bolsas oscuras se habían alojado debajo de mis ojos; mis pómulos parecían salirse del resto de mi cráneo; en mi cabeza, huecos carentes de cabello relucían orgullosos. Me hacía falta Liliana. Con su amor podría ser quien había sido antes. Con su amor llenaría los huecos en mi cabeza y en mi corazón. Los vi aparcar frente al hotel, disfrutando desde la entrada de la travesura. Esperé.
El amor es una muerte suave que te desviste lento con sus manos flacas, amorata tu cuello y se va, dejándote desnudo en la cama con un beso roto en los labios. Lo que quedaba de mí esperaba sentado en mi camioneta blanca afuera del hotel. Liliana me había chupado el alma, convirtiendo mi cuerpo en un caparazón vacío; y el hombre que ahora la desnudaba, me había arrebatado el resto. Una pistola heredada era lo único que él no había podido quitarme, tampoco el sinfín de balas que rellenarían hoy su cuerpo. Le clavaría una bala entre los ojos, una tras otra perforarían su carne, dejándolo hecho un saco de humo y plomo. Tomaría entonces a Liliana llevándola lejos de ahí, la besaría como ningún amante lo había hecho, con aquel amor de quien ama por primera vez.
Podía escuchar los gemidos de Liliana atravesar los vidrios cerrados de mi camioneta, provocando en mi cabeza un eco infinito que se prolongaba hasta el vómito. Podía sentir las manos del hombre deslizarse por mi espalda, que también era la de Liliana. Podía sentir el olor a sal. Podía sentir el dolor bajando por mi garganta. Podía sentir el placer de Liliana al traicionar la historia y el recuerdo. No sé cuánto tiempo pasé recordando el alevoso amor de Liliana. ¿De qué se alimenta éste amor?, ¿de dolores lentos y fracasos ineludibles? ¿Por qué Liliana se refugiaba en una cama que no era la suya? ¿Por qué Liliana? ¿Por qué Yo?
Salieron. El cabello de Liliana seguía húmedo aún, el rostro del tipo resplandecía en orgullo; la manera en que se miraban hablaba de un sexo impecable, de una conversación carnal irrepetible. La sonrisa de Liliana jamás había sido tan fuerte ni tan hermosa. La traición y el olvido eran irrefutables. Pagaron el cuarto con las monedas abaratadas de su incógnito amor. Para Liliana yo no era más que un vago recuerdo ahogado en las lagunas de la memoria. Tomé la pistola con la fuerza que el cólera me permitió. El arma era más pesada y más fría de lo que había pensado. Bajé de la camioneta dirigiéndome hacia ellos sin desprender la mirada del cuerpo ultrajado de mi mujer.
Liliana me vio y su rostro se tiñó de un color pálido. Mi vista se nubló, dejándome ver sólo la cara del miserable que se había apoderado del amor de mi vida. Golpeé su cabeza con el mango de mi pistola. Sus ojos parecían ver en mí su infierno. Empuñé el arma hacia aquel tipo y mi estúpido brazo derecho comenzó a temblar de terror. Jalé el gatillo con los ojos cerrados; un zumbido se extendió en mis oídos dejándome escuchar sólo los gritos sofocados de Liliana entre el estruendo del disparo. Abrí los ojos y vi la sangre salir del hombro derecho del ladrón. Mi cuerpo se inmovilizó. Había fallado de nuevo. El hombre salió corriendo dejando a su paso un sendero de sangre sobre las baldosas.
Me giré buscando a Liliana en el lobby del hotel; ella parecía haber anclado sus pies al suelo justo detrás de mí; sus ojos parecían desconocerme; su labio inferior parecía querer decirme algo y quedarse sólo en el intento. Yo quería decir que la amaba, preguntar por qué lo había hecho, rogarle que se quedara conmigo; pero un sentimiento extraño me hizo aferrar de nuevo el mango de mi arma y apuntarle directo al estómago. Quería herir el dolor, lastimar lo que me lastimaba. La pistola parecía cargar con todas mis abyecciones. Disparé. Liliana disparó una mirada que agujereó mis ojos. Una cascada de sangre manó de su abdomen, bañando de rojo su ropa.
¿Qué ganaba yo matando a Liliana si su recuerdo era inmortal en las líneas de mis manos? Tomé a Liliana por el brazo obligándola a subir a la camioneta; sus manos llenas de sangre ensuciaron las puertas blancas. No sé cuántas cosas gritó Liliana al desangrarse. En un momento, el bullicio se transformó silencio; pensé en Liliana: tal vez su felicidad vivía en los labios de aquel hombre y no en los míos, tal vez mi historia terminaba aquí, tal vez mi vida ya no me pertenecía. Un semáforo rojo destelló mis ojos y Liliana abrió la puerta de la camioneta escapando de un hombre que desconocía. La vi alejarse. Me aferré al volante como si de él dependiera mi vida y pisé el acelerador, alejándome de ella.
Conduje en línea recta sin dirección.


Nota periodística: http://www.eluniversaldf.mx/home/aventura-de-un-affair-casi-le-cuesta-la-vida-esposo-la-cacha.html

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