miércoles, 28 de enero de 2015

Demasiado tarde por Diego Cosío

Demasiado tarde



Por Diego Cosío
Joel García manejaba por la calle de San Isidro. Eran aproximadamente las seis y media de la tarde. El clima había estado soleado por la mañana, pero después se puso nublado. No se reportó ningún bloqueo ese lunes, así que la circulación fluía con relativa normalidad. A través del retrovisor, Joel veía el sombrío contorno del sol que se filtraba a través de las nubes.
Llegó a la intersección con la recta de Esquipulas. El semáforo aún no había sido reparado por las autoridades, así que los conductores debían ser precavidos para evitar problemas. Joel, pisó el acelerador sin fijarse.
Una camioneta que venía a toda velocidad tuvo que frenar para evitar el choque y casi se estrella contra un poste. Joel empezó a reír y aceleró todavía más. Los puteros y las cantinas de la recta de Xoxocotlán pasaron rápidamente ante sus ojos.
Miró el retrovisor. La camioneta se había incorporado, y ahora lo perseguía a gran velocidad. Se volaba los topes y cada vez estaba más cerca. Joel evaluó sus posibilidades. Podía ser que el conductor de por sí manejara de esa manera, o podía ser que no. No valía la pena arriesgarse. Así que él también aceleró a tope. Metió quinta y el velocímetro se acercó a los ciento veinte kilómetros por hora. Sin embargo, una fuerza sobrenatural parecía empujar a esa camioneta. Cada vez se acercaba más.


A Joel se le ocurrió que sería buena idea llamar a la policía. Sacó su celular y marcó el número de emergencias. Le tomó un rato darse cuenta de que el aparato se había quedado sin batería. Lo arrojó al asiento de copiloto y trató de llegar a los ciento cincuenta, pero el camino estaba muy maltratado.

La camioneta estaba cada vez más cerca. Llegó un punto en que estaba a menos de un metro. Y aun así no se detenía. A Joel se le ocurrió una última idea. Había una callejuela a unos quinientos metros. Se cambió de carril y la camioneta se le emparejó. Sin siquiera voltear a ver quién la conducía, frenó completamente y entró hacia la callejuela. A la camioneta no le dio tiempo de replicar la maniobra. Sólo se escuchó el derrape que hizo al intentarlo. Joel aceleró a fondo.
Empezó a golpear el volante mientras sentía que la vida volvía a estar en sus manos. Tomó la primera desviación a la izquierda y pensó que lo mejor sería zigzaguear un rato para despistar a su perseguidor.
Las casas eran todas iguales y las calles estaban vacías. Parecía como si nadie viviera en esa colonia. Joel nunca había estado ahí. Después de un rato, había dado tantas vueltas que ya no se acordaba de cómo regresar a la recta de Xoxocotlán. Vio una pequeña tienda en la entrada de una casa y se estacionó. Bajó del coche.
Había manchas en el piso grisáceo y la poca mercancía de los estantes estaba empolvada. Un hombre de unos setenta años barajaba unos naipes en el mostrador. Lo hacía con solemnidad, en silencio. Tenía una barba abundante que le cubría las mejillas y utilizaba una camisa de mezclilla que le quedaba muy holgada.
– Oiga amigo, necesito su ayuda. ¿Cómo le hago para salir de esta colonia?
– Eso depende, muchacho. ¿A dónde quieres ir?
– A la recta de Xoxocotlán.
– ¿Ese es tu destino final? – el anciano sacó un cigarro sin filtro, lo encendió con unos cerillos y exhaló el humo de la primera fumada por la nariz.
– Tal vez amigo… en fin, ¿lo sabe… cómo salir de aquí?
– Cualquiera podría hacerlo, pero tú no.
– ¿A qué se refiere con eso?
– Ya lo sabrás muchacho… te queda un error. Sólo uno… sí señor.
– Como sea. Gracias por nada.
El anciano no respondió y cinco minutos después Joel manejaba por esas calles interminables. Viró a la derecha, hacia un callejón. Segundos después la camioneta que lo había perseguido entró también. Aceleró y se acercó rápidamente al coche de Joel. La vida había escapado una vez mas de sus manos. Él también aceleró y cuando tomó la primera desviación hacia la izquierda, se encontró a sí mismo en una brecha de terracería que por fin lo sacaba de esa colonia. Le tomó unos minutos llegar al punto donde el camino se terminaba.
Frenó y la camioneta también se detuvo a unos veinte metros. Dos tipos con pinta de rancheros salieron con toda la calma del mundo y caminaron hacia donde él estaba. Joel miró el paisaje que tenía enfrente. La luz rojiza del atardecer brillaba al pie de la montaña y una bandada de golondrinas volaba sin ninguna prisa sobre las copas de los ahuehuetes.
Se habían terminado las opciones. Apagó el motor de su automóvil, puso la palanca de velocidades en neutral, reclinó el asiento y esperó a ver qué pasaba.


Diego Cosío


Diego Cosío. Avecindado en Oaxaca desde hace varios años, estudia el noveno semestre de la licenciatura en Derecho en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma "Benito Juárez" de Oaxaca. 





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